Quinto año

La Ilíada
                                             Canto I 

La epidemia. El resentimiento 


Canto ¡oh Musa! de Aquiles, hijo de Peleo, la cólera funesta que causó infinitos males a los griegos; que precipitó a los infiernos las almas valerosas de muchos héroes, y los hizo servir de pasto a los perros y a todas las aves de rapiña –así se cumplió la voluntad de Júpiter– desde que, por primera vez, separó una disputa al hijo de Atreo, jefe de los griegos y al divino Aquiles.

 Ahora ¿cuál de los dioses los incitó a esa contienda? El hijo de Júpiter y de Latona: irritado contra el rey, suscitó en el ejército una terrible enfermedad; y los pueblos morían porque Atrida había despreciado al sacerdote Crises. Dirigiéndose este a las rápidas naves de los griegos, con el fin de libertar a su hija, con un rico rescate, llevando la banda del certero Apolo en el cetro de oro, suplicaba así a todos los griegos y sobre todo a los dos hijos de Atreo, caudillos de pueblos:

 “¡Atridas y griegos de brillante armadura! los dioses, moradores del Olimpo, os concedan tomar la ciudad de Príamo, y retornar felizmente a vuestros hogares; pero libertadme a mi hija querida y aceptad el rescate, venerando al hijo de Júpiter, el certero Apolo”.

 Entonces todos los demás griegos proclamaron que se respetara al sacerdote, y se recibiera el magnífico rescate, pero Agamenón no quería acceder, y lo despidió con desprecio, añadiendo estas duras palabras: 

“Viejo, que no te encuentre yo junto a nuestras espaciosas naves, por haberte detenido o por haber vuelto otra vez, no sea que no te valga el cetro ni la banda del dios. En cuanto a ella, no la libertaré hasta que no llegue a la vejez, en mi casa, en la Argólida, lejos de su patria, bordando la tela y compartiendo mi lecho. Anda, vete, no me irrites, porque no estarías seguro”. Así dijo: atemorizóse el anciano y obedeció la orden.

 Partió callado, siguiendo la orilla de la mar rugiente; pero cuando estuvo lejos le rogó mucho al soberano Apolo, hijo de Latona, la de hermosa cabellera. “¡Escúchame, dios del arco de plata, que proteges a Crisa y a la divina Cila, y que reinas en Ténedos, Apolo Esminteo! Si alguna vez adorné tu templo para hacértelo grato, si alguna vez quemé en tu obsequio los perniles cubiertos de grasa de toros y de cabras, cúmpleme este voto: expíen los griegos mis lágrimas con tus dardos!”. 

Tal fue su súplica, y Febo Apolo la escuchó. Bajó de la cima del Olimpo con el ánimo irritado, llevando en los hombros el arco y la repleta aljaba: al agitado andar resonaban las flechas del enojado dios: parecía la noche que se acercaba. Sentándose luego a cierta distancia de las naves, lanzó un dardo: ¡terrible fue el ruido del arco de plata! Sus primeras víctimas fueron los mulos y los ágiles perros; pero luego sus dardos mortales hirieron a los hombres; y muchas piras de cadáveres ardían siempre en el campamento.

 Los dardos del dios atravesaron el ejército nueve días seguidos. El décimo, Aquiles convocó al pueblo a una asamblea: Juno, la diosa de blancos brazos, conmovida por la mortandad de los griegos, le sugirió esa idea. Una vez convocados y reunidos, levantóse en medio de ellos Aquiles, de pies ligeros, y habló así:

 “Atrida, llegó según creo, para nosotros el día de abandonar la empresa, escapando al menos de la muerte; pues la guerra y la peste juntamente rinden a los griegos”. “Pero consultemos a un adivino o a un sacerdote, o siquiera a un interpretador de sueños –que también el sueño viene de Júpiter– para que nos diga por qué Febo Apolo está tan irritado, si es por algún voto o hecatombe: tal vez recibiendo en ofrenda el humo de los corderos y de las cabras más escogidas, consienta en alejar de nosotros la plaga”. Después de hablar así, se sentó. 

  Levantóse entonces entre ellos Calcas, hijo de Téstor, el mejor de los adivinos, que conocía el pasado, el presente y el porvenir, y había guiado las naves de los griegos hasta Ilión, merced al arte adivinatoria que debía a Febo Apolo: lleno de buena voluntad hacia ellos, les dirigió este discurso: 
 “¡Oh Aquiles, preferido de Júpiter! me ordenas que explique la cólera de Apolo, rey que hiere de lejos; pues bien, hablaré, pero promete y júrame que estarás dispuesto a defenderme con palabras y obras, porque voy a contrariar al hombre que posee mando supremo sobre todos los griegos y a quien todos los griegos obedecen.

 Cuando un rey poderoso se irrita contra un inferior, aunque ese día domine su cólera, guarda el rencor en su pecho hasta vengarse. Dime, pues, si vas a salvarme”. El veloz Aquiles, de pies ligeros, en respuesta le dijo: “Ten entera confianza, y di el oráculo que sabes. Por Apolo, predilecto de Júpiter, adorado por ti, y cuyos oráculos descubres a los griegos: mientras yo exista y vea la luz sobre la tierra, no habrá entre todos los griegos ninguno que ponga en ti su fuerte mano, junto a las hondas naves, aunque hablaras en contra de Agamenón que ahora se gloría de ser el más poderoso de los griegos”.

   Entonces el intachable adivino cobró ánimo y dijo: “El dios no se queja de ningún voto o hecatombe, sino por su sacerdote, a quien Agamenón ha ofendido al no devolverle a su hija, ni recibir el rescate. Por esta razón, el dios que hiere de lejos ha causado desgracias y las causará todavía, y no alejará las Parcas terribles de la peste hasta que no devuelvas al padre amado, sin recompensa ni rescate, la joven de ojos negros, y se lleve a Crises una hecatombe sagrada: una vez aplacado el dios, podríamos contar con su protección”.

   Después de hablar así, se sentó el adivino. Pero entonces se levantó entre los griegos el héroe, hijo de Atreo, el poderoso Agamenón, indignado, con la mente oscurecida por inmensa furia, y los ojos brillantes como fuego. Con siniestra mirada interpeló primero a Calcas: “Profeta de desgracias: nunca me has dicho nada agradable; prefieres siempre vaticinar males; nunca dices ni cumples nada bueno. Ahora mismo has declarado ante los griegos que el certero Apolo les envía males, porque yo no he querido recibir el valioso rescate de la joven Criseida; pues deseo ardientemente tenerla en mi casa. 

  En verdad, la prefiero a Clitemnestra, con quien me casé siendo ella joven, porque no le es inferior en el cuerpo, ni en la presencia, ni en el entendimiento, ni en las labores femeninas. Con todo, deseo devolverla, si es conveniente: prefiero que el pueblo se salve y no que muera.

 Así preparadme en seguida otro premio, para no ser el único griego falto de recompensa, lo cual no estaría bien; y todos veis que mi premio pasará a otras manos”. El divino Aquiles, de pies ligeros, le respondió al momento: “Glorioso hijo de Atreo, el más ambicioso de los hombres, ¿cómo pudieran darte otra recompensa los magnánimos griegos? No sabemos que haya en ningún lugar tantas recompensas comunes, pues las que llevamos de las ciudades se han repartido ya, y no sería posible volverlas a reunir. Entrega, pues, ahora tu premio al dios, que los griegos te pagaremos con el triple o el cuádruple, si algún día Júpiter nos concede saquear a Troya, la bien fortificada ciudad”.

   El poderoso Agamenón le contestó a su vez: “Aquiles, semejante a los dioses, no trates de engañarme, confiado en tu valor, pues no podrás sorprenderme ni persuadirme. Es decir: que mientras tú guardas tu recompensa, quieres que yo permanezca impasible, cuando he sido despojado; y me ordenas entregar la mía? Así será si los griegos me dan otra recompensa que a mi juicio sea equivalente. Pero si no me la dan, yo mismo iré a buscar la tuya o la de Ayax, o a la fuerza me llevaré la de Ulises; aunque se encolerice aquel a quien yo me dirija; pero discutiremos este asunto más adelante. 

Echemos ahora al sagrado mar una nave negra, y reunamos los remeros que se necesiten; pongamos dentro una hecatombe, y hagamos subir a bordo a la joven Criseida, de lindo rostro; que un jefe dirija la expedición, Ayax, Idomeneo, o el divino Ulises, o tú, hijo de Peleo, el más egregio de todos los hombres, a fin de aplacar a Apolo, ofreciéndole sacrificios”.

 Entonces Aquiles, de pies ligeros, le contestó, mirándole torvamente: “¿Qué dices, hombre lleno de audacia, ávido de provecho? ¿cuál de los griegos debiera someterse a ti, o acatar tus órdenes, ya para venir en la expedición, ya para luchar valerosamente contra los guerreros? En cuanto a mí, no he venido a combatir a los troyanos armados de lanzas, que no me han hecho ningún mal: no han robado mis bueyes, ni mis caballos; ni en la fértil Ftia, abundante en guerreros, han destruido mis cosechas, pues de ellos nos separan muchos montes espesos y el mar rugiente. 

Te hemos seguido, hombre audaz, para que tengas el gusto de obtener sobre los troyanos la venganza de Menelao y tuya, descarado, lo cual no te inquieta ni te preocupa. Además, amenazas con arrebatarme la recompensa por la que tanto he luchado y que los griegos me otorgaron. Jamás obtuve premio igual al tuyo, cuando los griegos destruían alguna populosa ciudad troyana. En verdad, mis manos son las que más trabajan en el ardor de la contienda, pero si ocurre por casualidad algún reparto, tu botín es mucho mayor; y yo vuelvo a las naves con alguna grata y corta recompensa, después del penoso combate.

   Ahora voy a Ftia, porque prefiero regresar a mi casa en las corvas naves; y no creo que injuriándome puedas conseguir aquí provecho y riquezas”. A su vez le respondió el rey Agamenón: “Huye, pues, si esa es tu voluntad: no te suplico que te quedes por causa mía. A mi lado hay otros que me honrarán, y sobre todos el providente Júpiter. Tú eres para mí el más odioso de los reyes descendientes de Júpiter: siempre te agradan las disputas, la guerra y los combates. Si eres muy esforzado, lo debes a algún dios: vuelve a tu casa con tus naves y tus compañeros; ve a reinar sobre los mirmidones: no me cuido de ti, ni me preocupa tu cólera. 

  Te dirijo esta amenaza: puesto que Febo Apolo me quita a Criseida, la enviaré con mis compañeros en mi nave, y me traeré a la bella Briseida, tu recompensa, yendo yo mismo a tu tienda, para que sepas bien que soy más poderoso que tú, y para que nadie se atreva a decir que es igual a mí, ni a compararse conmigo en mi presencia”. Así habló, y el pesar se apoderó del hijo de Peleo: en su velludo pecho su corazón vacilaba entre dos impulsos: o tomar de su costado la aguda espada, y apartando a los que le rodeaban, dar muerte al Atrida, o reprimir su cólera y contener su furor.

 Mientras tales sentimientos agitaban su ánimo y su corazón, y desenvainaba su gran espada, Minerva bajó del cielo, enviada por Juno, la diosa de blancos brazos, que amaba a los dos guerreros y los atendía por igual. Detúvose detrás y sujetó por la rubia cabellera al hijo de Peleo, apareciéndose a él solo, sin que los demás pudieran verla. Sorprendido Aquiles, se volvió, conociendo al instante a Minerva, cuyos ojos le parecieron terribles, y a quien dirigió estas aladas palabras: “¿Por qué has venido, hija del dios que lleva la égida? ¿Es para presenciar las injurias de Agamenón, hijo de Atreo? Pues te diré lo que pasará a mi juicio: que perderá bien pronto la vida por sus insolencias”. 

  A su vez le respondió Minerva, la diosa de ojos brillantes: “He venido del cielo para contener tu cólera, si me obedeces: he sido enviada por Juno, la diosa de blancos brazos, que os ama y os atiende por igual. Pero, vamos, cesa en la contienda, y no empuñes la espada, aunque le dirijas de palabra algún insulto, sea el que fuere. Añadiré lo siguiente que ha de cumplirse: algún día se te ofrecerán dones tres veces más brillantes, a causa de esta injuria; ahora reprímete y obedéceme”.

   En respuesta le dijo Aquiles“Diosa, vuestros mandatos deben cumplirse, aunque yo tenga el ánimo irritado; ¡así conviene! el que obedece a los dioses es más atendido por ellos”. Dijo; y apoyando su fuerte mano en el puño de plata de su gran espada, la hizo entrar en la vaina, y acató la orden de Minerva. Esta se volvió al Olimpo, morada de Júpiter, el dios que lleva la égida, entre las otras divinidades. No obstante, el hijo de Peleo dirigió de nuevo palabras insultantes al hijo de Atreo, desahogando su ira: “Bebedor, de mirada cínica y corazón de ciervo, nunca has resuelto armarte para combatir con los demás guerreros, ni tomar parte en alguna emboscada con los más valientes, porque esto te parece morir. Te es harto más fácil, en el extenso campo de los griegos, arrebatar sus premios a cualquiera que haya hablado mal de ti.

   Rey que devoras a tu pueblo, porque reinas sobre cobardes, de otro modo esta sería la última vez que insultaras. Pero te diré un gran juramento, muy importante para ti: por este cetro que no ha producido nunca hojas ni ramas, desde que por vez primera abandonó su tronco en los montes, ni volverá a florecer, porque el hierro le ha quitado las hojas y la corteza, cetro que ahora llevan en sus manos los hijos de los griegos que ejercen la justicia y guardan las leyes en nombre de Júpiter: algún día todos los griegos sentirán la ausencia de Aquiles, y aunque te conduelas, no podrás remediarlos en nada. 

  Cuando el homicida Héctor haga caer expirantes a muchos, entonces sentirás dolor y remordimiento por no haber honrado al más valeroso de los griegos”. Así habló el hijo de Peleo; después arrojó por tierra su cetro perforado con clavos de oro y se sentó: entretanto el hijo de Atreo estaba furioso.

  El hijo de Peleo volvió a sus tiendas y a sus iguales naves, con el hijo de Menecio y demás compañeros, mientras el Atrida sacó al mar una nave ligera: le escogió veinte remeros, y puso en su interior una hecatombe para el dios. Llevando luego a la joven Criseida, de bello rostro, la colocó en la nave, a la cual subió como jefe el sagaz Ulises. En cuanto hubieron embarcado, empezaron a navegar por el húmedo camino. El Atrida ordenó que el pueblo se purificara; purificóse este, echando al mar las suciedades del cuerpo; luego sacrificaron a Apolo hecatombes completas de toros y cabras, junto a la orilla del infecundo mar, y el olor de la grasa subía al cielo, mezclado con el humo. Así se ocupaban en la armada, pero Agamenón no olvidó la injusticia con que antes había amenazado a Aquiles, y dirigió la palabra a Taltibio y a Euríbates, sus heraldos y ministros diligentes: “Id a la tienda de Aquiles, hijo de Peleo, y tomando por la mano a la bella Briseida, traedla; pero si él no la entrega, yo mismo se la arrebataré llevando más gente, lo cual le sería más penoso”.

 Habiendo hablado así, los envió, añadiendo violentas palabras: ambos partieron disgustados, siguiendo la orilla del infecundo mar, y llegaron a las tiendas y a las naves de los mirmidones. Encontraron a Aquiles sentado cerca de su tienda y de su oscura nave: al verlos no se regocijó: ellos se detuvieron ante el rey turbados y respetuosos, sin dirigirle la palabra ni interrogarle. Comprendiendo su intención, Aquiles les dijo: “Salud heraldos, mensajeros de Júpiter y también de los hombres, aproximaos: en nada sois culpables contra mí, sino Agamenón que os envía por la joven Briseida. Vamos, Patroclo, descendiente de Júpiter, haz salir a la joven y entrégala a los dos heraldos para que se la lleven, y me sirvan de testigos ante los dioses bienaventurados, ante los hombres mortales y ante el rey inhumano, si algún día necesitan de mí para librarse de un azote indigno… pues Agamenón, con sus ideas funestas, delira, y no sabe recordar ni prever nada, para que los griegos combatan por él junto a las naves”. 
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   Bajaron luego ellos mismos a tierra, y sacaron la hecatombe destinada al certero Apolo; y Criseida salió de la nave que surca los mares. En seguida el sagaz Ulises, llevándola hacia el altar, la puso en manos de su querido padre, a quien dijo: “¡Oh Crises! he sido enviado por el rey Agamenón para traerte a tu hija y sacrificar a Febo una hecatombe sagrada en favor de los hijos de Dánao, a fin de aplacar al dios que ahora nos envía desdichas deplorables”. 

  Entretanto, sentado junto a las rápidas naves, se entregaba a su furor el noble hijo de Peleo, Aquiles, de pies ligeros: ya nunca asistía al consejo de los jefes ni a la contienda. Su espíritu se consumía en la inacción, y echaba de menos el grito del combate y la guerra.


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